La humanidad está experimentando durante este siglo XXI una revolución tecnológica sin parangón, un acceso a las telecomunicaciones como jamás ha existido, permitiéndonos no solo el acceso a una información muy basta, sino también conocer lo que ocurre en cualquier rincón del planeta en segundos.

Sin embargo también nos satura, tal es la cantidad existente de material informativo que, en ocasiones, es complicado discernir qué fuente es confiable o cuál carece de veracidad. Y en esta marabunta de información aparecen las conocidas como Fake News, esas noticias falsas lanzadas para engañar a la gente de forma intencionada usando información completamente falsa o maquillada.

El ejemplo de las elecciones estadounidenses

En los últimos tres meses de la campaña electoral en Estados Unidos, 20 noticias falsas (de diversas páginas, blogs, etc.) generaron en Facebook más de 8,7 millones de interacciones (likes, reacciones, comparticiones, etc.) por los 7,3 millones de interacciones de las 20 noticias más seguidas en los medios de comunicación tradicionales como New York Times, Washington Post o NBC News. Así por ejemplo, la falsa noticia de que el Papa Francisco daba su apoyo a Donald Trump generó en tres meses unas 960.000 interacciones.

¿Puede tener la viralización de estas noticias impacto en el voto de la gente, o simplemente contribuye a reforzar un voto ya decidido? Investigaciones al respecto muestran que una exposición continua a una información falsa puede cambiar las creencias de la gente, en un efecto conocido como ilusión de la verdad y que le puede ocurrir a todo tipo de personas (incluso a aquellas que ya saben la historia verdadera). Así, personas que saben que el Papa Francisco no ha dado su apoyo a Trump serían igualmente susceptibles de acabar creyéndoselo si leen el titular muchas veces.

Facebook ha propuesto, para combatir las fake news, etiquetarlas como falsas, algo que podría ser ineficaz. En un estudio de 2011 se le dieron a los participantes una serie de declaraciones de diferentes fuentes descritas como “confiable” o “no confiable”. Dos semanas después, se les pidió a los mismos sujetos que calificasen como verdaderas o falsas una serie de declaraciones, las ya leídas la primera vez y unas nuevas. Pues los sujetos calificaron como más verdadero las ya leídas, independientemente de si habían sido calificadas como fuente confiable o no. Es como si al recordar información y tenerla que valorar con otra nueva se olvidasen de si eran confiables o no.

Si encaja en mis ideas tiene que ser verdad: los sesgos que nos juegan malas pasadas

En psicología se trabaja con un sesgo bastante conocido, el llamado realismo naive, que viene a decir que la gente tiende a ver el mundo que les rodea de forma  objetiva y aquellos que están en desacuerdo con nosotros es porque están desinformados, son irracionales o tienen sesgos. Así cuando leemos o escuchamos algo que encaja en nuestro conjunto de creencias e ideas tendemos a darle credibilidad. Por ejemplo, si soy un votante de un determinado partido político y leo que un miembro de un partido político rival ha sido denunciado por fraude fiscal, me lo creo sin importar mucho de donde venga la información; si, en cambio, la noticia viene de un miembro de un partido político afín a mis ideas, rápidamente buscaría información que lo confirmase, no me lo crearía porque rompería mi núcleo de creencias.

Además, dentro de este realismo naive, se encuentra el llamado sesgo de punto ciego, un sesgo o prejuicio cognitivo que consiste en detectar los sesgos en los que los demás caen, pero ser incapaz de detectar los sesgos en los que uno mismo es víctima. A esto hay que sumarle el efecto del falso consenso, el creer que nuestro conjunto de ideas es compartido por una amplia mayoría de personas, un sesgo muy común entre las personas con alta actividad política o ideológica, ya que al moverse en grupos afines, aumenta esta sensación de  que sus creencias son compartidas por más gente de la que en verdad son.

En relación a las fake news, todo lo anterior nos llevaría a pensar que podemos determinar la legitimidad de las fuentes de noticias más objetivamente de lo que probablemente podamos, que la información que se alinea con nuestras ideologías tienen más credibilidad que una información que no lo haga, y sobreestimaríamos el grado en el que otras personas estarán de acuerdo con las noticias una vez que nosotros nos las creamos. Este último punto puede jugar un papel esencial a la hora de elegir compartir noticias falsas en redes sociales, como ya hablamos en este otro post sobre cómo se viralizan las noticias en dichas redes

El Estudio sobre la Guerra de Irak

En 2005, el psicólogo Stephan Lewandowsky hizo un estudio que tenía como trasfondo la guerra de Irak. Cogió a ciudadanos estadounidenses y alemanes y les dio una serie de informaciones sobre noticias y eventos durante la guerra. Algunas de estas informaciones eran verdad, otras fueron dadas como verdaderas y luego fueron retractadas y otras eran falsas, aunque a ninguno de los participantes se les dijo cuales eran qué.

Se les pidió a los participantes que calificaran si recordaban dicha noticia, si pensaban que era verdadera o falsa y si creían que la información había sido rectificada. También se les pidió que calificaran si estaban de acuerdo o no con las declaraciones oficiales sobre las causas de la guerra de Irak.

Los estadounidenses que recordaban que hubo noticias rectificadas y aquellos que incluso recordaban aquellas que lo habían sido, todavía las calificaban tan precisas como las informaciones verdaderas; además se mostraron confiados acerca de las razones oficiales sobre la guerra.  Los alemanes calificaron los eventos retractados como menos verdaderos y demostraron tener más reparos acerca de las versiones oficiales sobre las causas del conflicto.

Los investigadores concluyeron que las sospechas de los alemanes les hicieron más proclives a ajustar sus creencias cuando las informaciones eran retractadas. Los americanos, más inclinados a creer que la guerra estaba justificada, eran menos propensos a cambiar sus creencias cuando nueva información les era proporcionada.

Volviendo al caso del Papa, este estudio nos demostraría que los seguidores de Hillary Clinton que tienen sospechas de cualquier información positiva sobre Trump, podrían recordar el “apoyo de Francisco I a Trump” como falso; mientras que los seguidores del actual presidente de EE.UU recordarían la información como verdadera.

Como hemos visto, vivimos en una era donde estamos constantemente bombardeados de información, mucha de ella claramente falsa, donde se esparcen rumores infundados y donde hay que hacer un esfuerzo para saber si lo que nos cuentan es verdad o no. Páginas como Snopes, Factcheck y Politifact son un arma muy buena para comprobar si lo que leemos y escuchamos es verdad o nos la intentan colar.

 

Bibliografía consultada:

Fake news: why do we believe it?

Why We (Often) Believe Fake News

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